La extensión general del sistema educativo español obligatorio hasta los 16 años no ha ido acompañado de los niveles de calidad deseables para un país que se ha posicionado entre los diez más desarrollados del mundo. La crisis de valores de las sociedades opulentas ha coincidido con factores actuales de la globalización: internet, multiculturalidad, violencia,.... y ha generado una creciente sensación de crisis y desánimo en las aulas y en los docentes, porque parece que educan solos y “a contracorriente de la sociedad” ¿Qué podemos hacer?
En palabras de José Antonio Marina: “La preocupación universal por la educación ha generado un sistema de excusas en el que todo el mundo echa las culpas al vecino. Los padres a la escuela, la escuela a los padres, todos a la televisión, la televisión a los espectadores, al final acabamos pidiendo soluciones al gobierno, que apela a la responsabilidad de los ciudadanos, y otra vez a empezar. En esta rueda infernal de las excusas podemos estar girando hasta el día del juicio.
La única solución que se me ocurre es no esperar a que otros resuelvan el problema, sino preguntarme: ¿qué puedo hacer yo para solucionarlo? He oído muchas veces esta pregunta, y creo que, si supiéramos aprovechar la preocupación, la generosidad, la energía y el talento de miles de personas dispuestas a colaborar, podríamos provocar un benefactor cambio cultural, que es lo que necesitamos para mejorar la educación. Éste es el objetivo –como verán optimista– de la movilización educativa. Se trata de quitarnos de encima el victimismo, la impotencia y el clima dramático que envuelve al mundo de la educación, familiar o escolar.
Pueden participar todos los que crean que la educación es el procedimiento más noble y eficaz para mejorar el mundo, los que crean que tiene como finalidad poner a nuestros hijos, a nuestros conciudadanos, en las mejores condiciones posibles para que sean felices y para que sean buenas personas, los que piensen que es, ante todo, una creación ética. Sólo se les pide que crean firmemente que, por debajo de las diferencias políticas, económicas, religiosas, podemos ponernos de acuerdo en los principios básicos de la educación".
“Digamos no a la impotencia que envuelve al mundo educativo. Las creencias negativas y pesimistas frenan el análisis responsable sobre la educación y la necesaria energía de todos para mejorarla”.